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martes, 13 de julio de 2010

Comienzo

Yo estaba entre el público, un espectador más entre sus amigos de siempre. Siempre la había acompañado en todo, la había protegido cuando lo necesitó y le había ofrecido mi hombro cuando necesitó donde llorar, con quien desahogarse y, sin embargo, ahí estaba yo, como uno entre varios, siendo el simple padrino de una boda. Me pregunté si no habría sido una mala estrategia para conquistarla el volverme su mejor amigo. Iluso, era un pobre ingenuo que toda la vida había soñado despierto que el día llegaría, el día en que como por arte de magia sus labios de posaran sobre los míos, como si por accidente de repente ella me amara tanto como yo la había amado desde la preparatoria. Era cobarde también, ya que a pesar de que ya tenía 23 años, trabajo y un lugar donde vivir, jamás había podido decirle lo que sentía. Y ahora, estaba precenciando su boda desde un lugar privilegiado, pero sin ser lo que quería.
Al lado de mí, su novio, con su típica sonrisa de ganador, y vaya que premio se había llevado. Al fin las puertas de la iglesia se abrieron y ella con su vestido blanco que caía recto al suelo, entró, quitandome el aliento de lo hermosa que era. Su piel, confundiéndose con con la tela, ambas de tono marfileño, su cabello rubio recogido en un peinado tan sencillo como magistral.
Sentí que me imvadía rabia y desesperación, así que no aguanté más y me retiré. Nuestros ojos se cruzaron mientras yo, discretamente, me escabullía hacia la puerta trasera del templo. Antes de perderla de vista, vi como sus ojos se llenaban de lágrimas y tiraba el ramo de flores.
-Joe...-dijo su voz quebrada.
La audiencia murmuraba exaltada. Me quedé paralizado en mi lugar y de pronto sentí todos los ojos sobre mí.
-Lo siento-susurraron sus labios, entonces corrió lo más rápido que le permitía el vestido hasta llegar a mí y colgarse de mi cuello-. Vámonos...
Mi corazón sufrió un brinco y entonces, como un ladrón, la cargué entre mis brazos y me la robé de la iglesia.
Cuando al fin estuvimos fuera de todas las miradas, a salvo en mi auto, me miró a los ojos y sonrió con melancolía.
-Perdón por tardarme tanto en darme cuenta. Te amo-dijo.
Respiré profundamente, como no lo había hecho desde mi niñez, sintiendome completo. Entonces, sin poder esperar más, tomé su rostro entre mis manos y la besé, dejando mi cobardía por una vez en la vida.
Y eso, no fue más que el principio de una historia, no su final...

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