La chica del eterno invierno, la princesa del paraiso del polo norte, se sentía una diosa, siendo atendida por sus reales sirvientes. Su pálida piel era deslumbrante, y sus ojos grandes del color del hielo, enmarcados por sus largas pestañas rubias, la hacían ver ligeramente sobrenatural, no tanto como lo que realmente era.
Su cabello rubio caía en cascada hasta un poco por encima de su cintura. La princesa estaba sentada en su trono de hielo, con sus manos descansando sobre sus rodillas, siendo feliz con el frío, pero secretamente envidiando a su hermana, la princesa de la primavera.
La primcesa del eterno invierno debía ser benevola, paciente y sin rencores, para no hacer daño con sus heladas a sus súbditos, sin embargo la envidia que la carcomía por dentro estaba agotando todo lo que alguna vez había sido bueno en ella. Lentamente se deslizó de su trono, hasta le suelo, y se asomo por una ventana de hielo totalmente transparente. Miró con saña, como el sol salía por el horizonte y se posaba sobre el cielo, haciendo que todo el hielo de su amargura se derritiera.
No pudo evitar cerrar sus manos en puños y congelar aún más su castillo de hielo, haciendo que todo ser vivo que la acompañaba muriera. Una morbosa felicidad la inundó en cuanto vio la muerte de algunos animales que acompañaban a su hermana mientras caminaba, disfrutando el sol.
La princesa de la primavera, al ver lo que acavaba de hacer su hermana, rompió en llanto y abrazó a las criaturas sin vida.
Su hermana sonrión en silencio, y regresó a su trono, teniendo una idea en mente que acabaría con sus hermanas, con los seres vivos, y quiza, con ella misma...
alee escrribe mass(:
ResponderEliminarfs;*
soy chino y me gustó lo escribiste XD
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